Involución

Involución
Los sistemas de organización social siempre han estado en continuo cambio. Incluso los estados son estructuras que no han existido siempre, y cuyas funciones han variado con el tiempo. Esto es evidente cuando comparamos las características y funciones de los estados feudales, con los estados democráticos modernos, por ejemplo.
Gracias a las revoluciones norteamericana y francesa se establecieron los cimientos de los estados democráticos modernos, basados en la soberanía popular, y en la separación de poderes, con el objetivo de preservar esa soberanía de las personas frente al poder de la “maquinaria estatal”. Con el desarrollo de las ciencias sociales y políticas, gracias a la contribución e ideas de muchas personas, los estados funcionan ahora como ”Sistemas complejos”. Se dotan de estructuras organizadas, con relaciones emergentes e interdependientes entre sus elementos, con el fin de interiorizar parte de la incertidumbre del entorno para facilitar la vida de sus integrantes: sus integrantes – los ciudadanos –, a cambio, ceden parte de su soberanía a este sistema con el fin de disminuir su horizonte de incerteza y así simplificar sus acciones y decisiones cotidianas.
Con esta finalidad, se han ido creando subsistemas complejos especializados para gestionar las principales facetas de la existencia; como el subsistema político, enfocado en la gestión de las relaciones y normas sociales, de tal forma que no es preciso que cada individuo tenga que desarrollar su propio esquema normativo y de relación inter-ciudadana, y luego discutirlo y acordarlo multilateralmente con todos sus paisanos (vaya jaleo). De la misma forma, el subsistema educativo se ocupa de la preparación, acumulación y difusión estructurada de los conocimientos entre los ciudadanos, sin que cada uno de ellos tenga que realizar este proceso de búsqueda, recolección y asimilación. De esta manera, no todos los ciudadanos necesitamos ser médicos, albañiles, jueces, policías, maestros, soldados, jardineros, etc.
Desde mediados del siglo pasado, el sistema social más exitoso – definiendo por exitoso como el que más ha colaborado en difundir, favorecer y dar soporte a la dignidad de los seres humanos- en el planeta, es el llamado “Estado del Bienestar”. Este sistema – circunscrito a los individuos de cada estado que lo implanta – se ocupa de facetas de la dignidad referidas a la educación, salud, envejecimiento, dependencia y equidad de sus integrantes.
Pero estas no son las únicas funciones del “Subsistema Estatal”: otro grupo de funciones para el que hemos cedido parte de nuestra soberanía personal al estado, lo constituyen aquellas que podríamos llamar la “Gestión del Malestar”, y que se adscriben bajo los epígrafes de “defensa” (gestión de la guerra), “seguridad” (gestión de la violencia) y “justicia” (gestión de los conflictos ético/morales).
Y entre estos dos ámbitos – la Gestión del Bienestar y la Gestión del Malestar –se ha dado una mutación muy clara en los últimos años: los partidos “conservadores” se han lanzado con fruición a una agenda “reformista”, con varios ejes de trabajo:
Por un lado, levantar el velo del estado del bienestar, mediante la privatización y/o la modificación de las estructuras y acciones del sistema, dejando de nuevo a los individuos a las expensas de la gestión personal de la incertidumbre en sus ámbitos vitales, como la negociación del valor personal, la educación, la salud, la dependencia y el envejecimiento.
Por otro lado, acentuando el énfasis comunicativo y presupuestario en los ministerios de la guerra, en la comunicación de la sensación de inseguridad y en leyes que atenúan o impiden la canalización del descontento ciudadano con estos cambios.
Por un tercer lado, en la obliteración de las acciones para la recaudación adecuada de los impuestos necesarios para mantener estos sistemas sociales – que dan soporte y configuran nuestro “contrato social”-, evitando la exigencia de contribución a los plutócratas.
Y por último, con la ayuda inestimable de los grupos de comunicación masiva, en la demonización de aquéllas organizaciones – antaño llamadas “progresistas” – que pretenden “conservar” este sustrato mínimo vital de nuestras sociedades, y que denuncian la fractura del sistema y la consiguiente exposición de las personas, por lo que son calificados como “antisistema” o “radicales peligrosos”. Desde un punto de vista radical – el mío – tienen razón en esta denominación: el “Sistema”, configurado como una estructura enfocada a la Gestión del Malestar y despreocupado del Estado del Bienestar, no me gusta y no me interesa.
La secuencia de cambios y mutaciones en la humanidad no tiene por qué ser evolutiva (entendiendo por evolutivo, como que sigue una flecha de bienestar creciente y de extensión de la dignidad a todos los seres del planeta). Lo que estamos viviendo – no sólo en occidente – es una involución, que está empeorando y obstaculizando la resolución de los dos mayores problemas del planeta: la insostenibilidad y la desigualdad.
Un (sub)sistema que despoja la dignidad de sus ciudadanos, pero ocupado en auto-perpetuarse como mecanismo de designación de las prioridades sociales, y que se ha auto-erigido como máxima preocupación de sí mismo. ¿Es esto lo que queremos? Podemos cambiarlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s