Los fantasmas y la deflación

La deflación es una bajada continuada de los precios de bienes y servicios, durante al menos dos semestres consecutivos. En España llevamos un año de bajada del IPC (-0,1%), con lo que en la práctica estamos en una leve deflación, aunque técnicamente no llevemos dos semestres seguidos.

Supongamos que la economía es una disciplina (una “ciencia”) como otras, y que la ideología queda fuera de las formulaciones teóricas lealmente esbozadas: va encontrando el ajuste fino (“fine tunning“) entre aciertos y errores. El caso especial de la economía radica en que los errores son padecidos por los ciudadanos,  y no todos lo sufren por igual. Muchos expertos que se consideran “ortodoxos” y que han propugnado durante los últimos años el ya popularmente denominado “austericidio”, ahora, comprobados sus efectos reales, cambian de acera y nos sacuden la matraca con la cantinela de la deflación, como el peligro al acecho a la vuelta de la esquina. “El fantasma de la deflación” es como lo citan periodistas avisados.

El riesgo provocado por la deflación que más les asusta – dicen – consiste en el incremento de la dificultad para pagar los préstamos contratados, dado que la bajada de los precios va provocando una espiral de iliquidez entre empresas e individuos que acaba afectando a la capacidad de pago de la sociedad. El desarrollo teórico de este riesgo podría ser el siguiente:

Supongamos una economía “ideal”,  en que hubiera un sólo prestamista (un banco, que emite el dinero) y un sólo prestatario (el cliente), que han convenido y firmado un préstamo de 1.000€, a una tasa del 1% de interés anual, por ejemplo. Si no se dieran más operaciones financieras a lo largo del año, al cliente le sería imposible la devolución del préstamo con los intereses (1.001€), dada la imposibilidad física de contar con esa cantidad de dinero (sólo se han emitido 1.000€). Esto significa, que para que el prestatario pueda devolver su préstamo, alguien debe generar inflación, en forma de emisión de nuevo dinero, independientemente de la riqueza creada, para que se puedan devolver los intereses. Esta necesidad es más acuciante si el interés es compuesto. Para resolverlo hay tres opciones:

– que el dinero lo genere el banco (igual que generó el préstamo inicial), y se lo vuelva a prestar al cliente para que éste pueda devolverle los intereses, aumentando así la deuda.

– que el dinero lo genere el cliente, lo que sería considerado falsificación de moneda.

– que el dinero lo genere el estado y se lo ceda al cliente (como transferencia o retribución) para que pague sus intereses.

Salvando esta tercera posibilidad que me he sacado de mi chistera keynesiana, el ejemplo nos está indicando que la inflación – el aumento de la masa monetaria, independientemente del aumento de la riqueza -, es necesaria para que se puedan devolver los préstamos financieros. Este es el motivo por el que algunos analistas ven un fantasma en la deflación, especialmente en un entorno recesivo, con pocas expectativas de generación de riqueza.

Volviendo a los hechos  económicos, en vez de situarnos en el terreno de las abstracciones, y poniendo el foco en los mecanismos reales, hay dos definiciones bastante simples en economías de libre mercado:

– Inflación es la subida de los precios por parte de los empresarios.

– Deflación es la bajada de los precios por parte de los empresarios.

Ya nos ilustraron profusamente Bresser y Nakano sobre los mecanismos macroeconómicos de la inflación, con sus elementos detonadores, aceleradores y sancionadores; pero en el análisis “micro” los fenómenos de inflación/deflación están constituidos por la suma de las decisiones individuales de los empresarios.

Las decisiones de los empresarios sobre los precios están afectadas por los factores Bresser&Nakano, que, sin duda, internalizan en su estructura y decisión de precios estos elementos externos. En la decisión/formación del precio, el beneficio entra como un coste (una magnitud) más, añadido a otros costes variables y fijos – reales o estimados -, como podrían ser los salarios. Esta decisión puede ser re-formulada en función de procesos de negociación y/o de entornos y expectativas, como nos señalan algunas teorías (Teorema de la telaraña, expectativas racionales, etc.).

Fijándonos ahora en la competitividad, podemos definirla como la posición relativa del valor (ojo: no digo precio) de un producto, en relación con sus productos sustitutivos. Indudablemente, un precio más asequible constituye una mejora en la competitividad de un producto. Si convenimos que la competitividad desagregada de una “economía” se basa en la suma de la competitividad de cada una de sus empresas, es fácil comprender que la disminución de un coste – como ha ocurrido con los salarios en la economía española  – debería implicar la disminución, ceteris paribus, del precio de venta, o sea, la deflación, lo que significa una mejora de la competitividad. Podemos, entonces, considerar la deflación como la demostración práctica de la mejora de la competitividad de las empresas españolas.

Si esto no ocurre – la deflación competitiva-, y no ha ocurrido hasta ahora, es que alguno de los costes que forman los precios está incrementándose en la misma cantidad en que los salarios han disminuido. El resto de costes que conforman el precio, además de los salarios,  son los costes de materias primas, costes de suministros y servicios exteriores (insumos) y los beneficios (que retribuyen también los costes de capital). Sabemos que los costes de materias primas e insumos industriales no han aumentado en el último año (indexmundi.com), al reves: han disminuido. Esto implica que lo que ha aumentado son los beneficios, ya sea como costes de capital ajeno o propio – repartido o reservado (aportado a reservas) -.

Otra cosa es que la disminución de los salarios acentúe la dificultad para devolver los préstamos que tienen los asalariados, pero esta circunstancia, al parecer, no ha generado inquietud en los analistas y financieros en estos últimos años de descenso salarial. ¿Dónde está el fantasma, entonces?

Respuesta: El fantasma, en esta ocasión, está en los aparatos del Estado – los Gobiernos -, que aparecen como un “tercer hombre”, haciendo de agente doble ante sus ciudadanos:

– Por una parte – en toda Europa – comportándose como Don Tancredo con la banca, mientras ceden la capacidad de generación monetaria a las instituciones monetarias, haciendo dejación de esta función para, acto seguido, endeudarnos irresponsablemente con estas corporaciones especuladoras (algo que ha empezado a debatir el Parlamento Británico a instancias del Banco de Inglaterra).

– Por otra parte, concretamente en España, segando la hierba bajo los pies de los asalariados, minando casi totalmente su capacidad negociadora en el reparto de las rentas generadas por la producción, entre el capital intelectual (salarios) y el capital financiero (accionistas), gracias a la legislación laboral regresiva.

Aquí, el fantasma no asusta: ¡asusta lo que tiene detrás!

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